Odio los Domingos. No lo puedo evitar. Hace mucho tiempo me di cuenta y nunca pude saber porque. Luego de una larga meditación creo que logré llegar al motivo por el cual odio a esos inocentes días.
“Si Dios descansó el séptimo día (digamos que el Domingo), ¿quien soy yo para hacer algo ese día?.” Esta frase es muy real, pero también es verdad que Dios no iba a la facultad y no hacía trabajos prácticos ni rendía parciales. Entonces hay una pequeña diferencia. Cualquier persona que estudie una carrera de grado o un terciario y la lleve mas o menos al día, sabe que eso requiere de un poco de dedicación en casa (si, en las privadas también). Cualquier persona que trabaje de forma independiente en su casa, sabe que es muy difícil administrar el tiempo y los horarios de trabajo, y por lo general se termina trabajando cualquier día y a cualquier hora.
Ahora bien, los invito a que se pongan en mi lugar: soy una persona que estudia y trabaja de forma independiente en su casa. Tengo mucho para hacer en casa. Mi semana y la de cualquier persona que elija mi forma de vida y tenga mi minúscula fuerza de voluntad, será de la siguiente manera.
- De Lunes a Viernes: trabajará unas horas con las obligadas distracciones de las comodidades del hogar potenciadas por la ausencia de una autoridad que controle la productividad del trabajador; y cursará una cierta cantidad de horas en la facultad. Puede ser que algún que otro día estudie o avance con algún trabajo práctico – sobre todo si es martes y hay que entregarlo el miercoles o cosas por el estilo. Pero de esto muy poco, total tenemos todo el fin de semana…
- Sábado: Llegó el primer día libre (en algunos casos). La felicidad nos abruma. Si se salió el Viernes se duerme hasta tarde y luego se planea la salida del sábado. Porque estudiar hoy si puedo estudiar mañana? Hoy tengo que disfrutar del primer día libre después de una semana agotadora…
- Domingo: Es obligación despertarse tarde y levantarse más tarde aún (nada más lindo que quedarse remoloneando un rato tirado en la cama). Luego del almuerzo familiar empezamos a engañarnos diciendonos: “no me va a pasar lo del Domingo pasado, hoy voy a estudiar y adelantar con el laburo”. Miramos por la ventana y vemos un sol que nos activa la facultad de distracción a tal punto que no podemos concentrarnos en lo que ”tenemos” que hacer. Es una lucha moral que dura alrededor de 50 minutos, 1 hora. Finalmente nos damos cuenta que ya es demasiado tarde para estudiar (a penas las 4.30 de la tarde) y también para arreglar para juntarse con amigos o hacer algo divertido. Terminamos pasando todo el día haciendo nada y encima quedandonos con la culpa de no haber estudiado. Llega la noche y a esta culpa se le suma la horrible sensación de fracaso por no haber logrado cambiar la situación del pasado Domingo y además se adhiere a esto el pensamiento de que inevitablemente mañana será lunes y volveremos a la rutina – como si hubieramos salido de ella… – y nos acostamos tarde pero no tenemos sueño y damos vueltas y vueltas super desvelados, pasan las horas y seguimos dando vueltas y más vueltas y encontramos incómodas todas las posiciones que sabemos que son no solo las que comunmente adoptamos para dormir sino las más aconsejadas por los especialistas (??) para relajar totalmente el cuerpo y encontrar el sueño profundo; y segimos dando vueltas hasta que obviamente sin darnos cuenta nos quedamos dormidos… Como odio a los domingos.
que puedo decir. este articulo lo estoy leyendo un dia que estoy tan al pedo como los domingos. y a mi los domingos me parecen fabulosos como todo dia qeu estoy al pedo.
te propongo un odio los lunes. jaja .
te mando un abrazo querido amigo.
Tambien yo me olvide quien sos y quien soy pero seguro que somos amigos y nos olvidamos.
estas peor que Borges vos flaco…
Debo admitir que coincido con muchos de los puntos que mencionas y hasta se me ocurre una analogía para ilustrar mejor la situación.
Digamos que la semana es como una montaña desde la cual uno se larga a esquiar. Uno sale del trabajo/facultad a eso de las 6 de la tarde, se calza los esquís y empieza una bajada llena de adrenalina que no para hasta el domingo donde uno llega a la base del cerro donde ya no hay pendiente y de a poquito los esquis se van frenando. Una vez abajo uno pasa todo ese dia con una especie de melancolía, de nostalgia recordando lo buena que fue la bajada (incluso en algunas ocasiones uno puede llegar a deprimirse aun mas anhelando bajadas anteriores de años atrás) Luego vendrán lunes, martes y demás dias en que uno deberá volver a trepar esa dura montaña, deberá bajarse de los esquis, montarlos al hombro y seguir con la subida… con la sola esperanza de volver a bajar con la misma velocidad que el sabado pasado….